Una gruesa capa de polvo cubre los retablos y las numerosas tallas que los adornan. En algunas capillas se amontonan restos de sillerías, retablos, bancos y cajoneras. Lo mismo sucede en la sacristía. Enormes y altas columnas pintadas de azulete sostienen esta especie de cápsula del tiempo, que se remata con bóvedas estrelladas. Es la iglesia de San Juan de Valderas. Cerrada al culto desde hace años, que conserva gran parte de su tesoro artístico, es sí, bajo centímetros de espeso polvo y toneladas de olvido.

Por unos días, la puerta trasera de la iglesia de San Juan se abre de par en par y oxigena el aire retenido del interior de la iglesia. Dirigentes y hermanos de la cofradía del Nazareno preparan los pasos e imágenes que van a procesionar durante la Semana Santa. Se concentren en su tarea, casi no miran al resto de la enorme iglesia. Suspiran y sufren resignados por tanto abandono. Uno de ellos se gira al periodista y le comenta: “Ha sido la crisis, sabe usted. Se arreglaron los tejados y se eliminaron las humedades, pero llegó al crisis por el 2008 y ya no se pudo hacer más”. Lo dice con pena y con mucha impotencia. La crisis es la gran excusa y la mejor justificación. La crisis ha dejado enterrados en polvo los retablos y decenas de imágenes barrocas, renacentistas y de otros estilos.

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El polvo cubre el altar mayor de San Juan/ MC

Desde lo alto de un imponente altar mayor, una Crucifixión preside este desolador panorama. En el centro del mismo retablo, una enorme talla barroca de San Juan contempla impotente el triste panorama. ¿Quién se acuerda de este San Juan incrustado en su retablo? Los operarios que se afanan en arreglar los pasos de Semana Santa se encojen de hombros. Tristes y resignados, insisten, “ya sabe, la crisis”.

Hay tallas cubiertas de plásticos blancos, que emergen como fantasmas en mitad de la iglesia. Alguien tuvo la precaución hace años de salvar estas tallas de la carcoma del tiempo y del polvo. Otras no han tenido tanta suerte y ahí siguen, en sus pedestales, en sus hornacinas, cubiertas de polvo blanco, de telarañas, de suciedad y bajo estratos de mugre de todos los tiempos.

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Imágenes de la predela del retablo mayor /MC

En la escalera que asciende al coro reposan remates de púlpitos; en la sacristía se amontonan cajoneras, butacas y estanterías; en la capilla del evangelio, con su verja de hierro medio abierta se guardan como tesoros sillas desvencijadas, restos de retablos, mesas y trozos de confesionarios. Todo amontonado.

Los modernos manuales de arte de Valderas restan importancia artística a estas imágenes cubiertas de polvo. Aseguran que exceptuando el retablo mayor, el resto de retablos son de menor interés. Pero la verdad es que no existe un catálogo actual del contenido artístico de esta iglesia, que, por cierto, está declarada bien de interés cultural (BIC).

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El interior de San Juan desde la escalera del coro/ MC

La fábrica de la iglesia es del siglo XVI, aprovechando restos de construcciones anteriores. Es la típica iglesia de salón, de tres naves iguales separadas por unas enormes y gruesas columnas, y pintadas de azul, pero que se adivinan de piedra. El techo está cubierto por bóvedas de yeso. Uno de los hermanos de la cofradía del Nazareno apunta la observación del periodista “¿sabe usted?, hay quien ha dicho que debajo de esos yesos hay un artesonado de madera impresionan”. Es posible, esta iglesia es un tesoro por descubrir.

La capilla mayor, presidida por un enorme retablo sin policromar del siglo XVIII, está rematada por una cúpula estrellada plateresca. San Juan, resignado, ve como el polvo va cubriendo su mirada. Para lo que hay que ver, pensará el santo.

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Virgen en su hornacina, cubierta de polvo /MC

ENTERRAMIENTOS EN EL SUELO

Los vecinos que aún recuerdan el esplendor de esta imponente iglesia advierten que el auténtico valor no está ni en los retablos, ni en sus tallas ni en las bóvedas estrelladas sino en el suelo. Un  suelo de madrera, dividido en rectángulos que no son sino tumbas, todas ellas numeradas, lo que convierte a este edificio en una auténtica iglesia funeraria, de las pocas que quedan en España.

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Retablo barroco /MC

Ante de generalizarse el uso de cementerios a las afueras de los pueblos, las iglesias servían como lugar de enterramientos. Esta iglesia da fe de ello. Aquí hay decenas de tumbas en sus suelos. Enteramientos de caballeros y personalidades cerca de las capillas principales y de gente humilde a los pies y a las entradas del templo. Que siempre ha habido clases. Hay quien asegura que estas tumbas están orientadas según el recorrido de la luz que entra a la iglesia por la linterna de su cúpula.

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Portada principal de la iglesia de San Juan /MC

PÓRTICO Y TORRE

La bonanza económica precrisis hizo posible el arreglo y remodelación de los tejados y fachadas de esta iglesia, lo que la ha salvado, sin duda, de una catástrofe mayor. En el interior quedan restos de viejas goteras, ya  secas y  convertidas en manchas de la historia. Sólo la sacristía amenaza ruina. La torre fue restaurada y hoy luce majestuosa, ajena al olvido del interior del templo. El magnífico pórtico de entrada luce hoy también su esplendor, mirando a la vieja plaza de ganado, la misma que en la Edad Media y en el Renacimiento ofrecían a los mercaderes de Flandes las mejores ovejas de la comarca, con lana de muy alta calidad.

Las obras de restauración, ejecutadas entre los años 2002 y 2008,  costaron cerca de medio millón de euros. Los pagó la Junta de Castilla y León y ejecutó las obras la empresa especializada Trycsa.

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Restos amontonados de mobiliario religioso/ MC

VALDERAS

El abandono de la iglesia de San Juan, con todos sus tesoros ocultos bajo centímetros de polvo, es un fiel reflejo de la actualidad de Valderas, una villa venida a menos, en plena decadencia y símbolo de la España vaciada. Una villa medieval y renacentista que ofrece al viajero casonas solariegas en venta, un museo de arte sacro cerrado, grandes moles de iglesias varadas como viejos galeones en plena llanura y un enorme seminario rescatado para el uso civil. Y un castillo, o lo que queda de él, vigilando el valle verde del Cea, inmenso, que se pierde en el horizonte mirando hacia las cercanas tierras zamoranas. Un castillo que aún conserva la cicatriz de una vieja piscina en lo que fue su patio de armas.

Y Valderas tierra del bacalao. Sorprende el número y la fama de los restaurantes que en esta villa ofrecen el mejor bacalao al ajo arriero de toda España. Una fama merecida. Un bacalao fresco, suave, que se abre en láminas y se deshace en la boca. Un bacalao que sabe a mar y a ajo. Una oferta gastronómica que mantiene viva a Valderas y la sitúa en el mapa.

Pero el bacalao no es suficiente para apuntalar su población ni a sus palacios, casas solariegas, soportales, torres, miradores, castillos y enormes iglesias. San Juan no es la excepción sino la norma general de un pueblo precioso, que necesita una atención especial urgente. Antes de que sea demasiado tarde.

“Y diga que el Viernes Santo, aquí, junto  la iglesia de San Juan, tenemos la mejor procesión de El Encuentro de toda la provincia”. Vengan, merece la pena”, dice uno de los hermanos de la cofradía de El Nazareno.